viernes, 5 de febrero de 2010

Reflexionando Vol. I

Y me sentí libre por un momento en ese mar de incertidumbres que azotaban mi cabeza sin cesar. Me encontré volando por la inmensidad de los sentidos, un mundo dónde uno se acostumbra a perder la cordura y desmembrar las rutinas sin rumbo alguno. Inmenso placer producía en mi percatarme de lo hermosa que se encontraba la naturaleza y lo tierna que había sido como madre frente a nosotros. Me regocijé en su manto y encontré la manera de escapar a la realidad que tanto me castigaba, esa realidad que nos vendían y nosotros aceptábamos sin más reproche. Esa situación que nos impone este mundo cruel, en donde unos pocos quieren convencernos y persuadirnos que nuestra realidad es aquella que ellos plantean, en donde un grupo de descerebrados se desviven por hacer sufrir a la gente para obtener así la capacidad de enriquecer sus arcas cada vez más. Nos prohíben las drogas, el cigarrillo y el alcohol a los menores, pero desde chicos nos imponen tomar café, tomar Coca-Cola, ir a Mc Donalds, a mirar televisión, a creer que todos los medios nos vienen de frente con la verdad. Nos hacen creer que por tener un buen auto estacionado en la puerta de nuestros hogares, una casa de fin de semana con una pileta de proporciones siempre mayores a la de nuestro vecino, una familia que esté siempre bien vestida, vamos a ser mejores personas y vamos a actuar de forma más correcta como seres humanos, aunque no nos alcance para poder afrontar otros gastos. Nos quieren hacer hacer dueños de su verdad, nos quieren libres de pensamientos y observaciones, de tener la capacidad de filtrar y masticar todo lo que nos mandan, y lamentablemente no es así. La verdad no es una, casi todo se torna subjetivo ante mis ojos, mi realidad se desfigura en mi interior, refractándose en millones de miradas intensivas que buscan una explicación que sea suficientemente lógica para mis neuronas.
Una vez más me pierdo en la suavidad del verde pasto y en su sabrosa textura, en las fragancias que se entremezclan en mi nariz y se fusionan para nunca perderlas de mi registro, la suave brisa se recuesta en mi piel y me acaricia sin intención alguna. Armónicos sonidos impregnan mis oídos en una sintonía que suprime cualquier indignación alguna. No me preocupo, porque la verdadera vida está dentro de uno.